Jueves 13.5.2021

Depresión, sexo desenfrenado y dolor, así fue la vida de Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik nació el 29 de abril de 1936 y creció para convertirse en un ícono de la literatura argentina. Poeta talentosa y alma torturada, tanto su vida como su arte siguen inspirando a generaciones de artistas. 

RO SOLAVAGGIONE

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Adicta desde joven, odiadora crónica de sí misma y nacida en una familia que alimentaba estas tendencias, Flora Alejandra Pizarnik encontró un alivio a través del arte.

 

Nació en la localidad de Avellaneda en una familia de inmigrantes polacos rusos. Las exigencias de sus padres y la comparación constante con Myriam, su hermana mayor, fueron de a poco enseñándole a odiarse. Asmática, tartamuda, con tendencias a subir de peso y al acné, Alejandra se detestaba

 

Siendo apenas una adolescente, desarrolló una adicción a las anfetaminas y a los barbitúricos en un intento desesperado por frenar el aumento de peso. En consecuencia, tenía episodios que alternaban entre la depresión y la euforia. 

 

Alejandra Pizarnik y su familia. | Fuente: Ministerio de cultura

A los 19 años, recién empezando la carrera de Letras en la universidad de Buenos Aires, publicó su primer libro de poesía: “La tierra más ajena”. Pero, intentando buscar un alivio a su alma inquieta, dejó los estudios y comenzó a tomar clases de pintura. Al mismo tiempo, inició terapia. 

 

Pero nunca logró escaparse de la poesía. En el ‘56, escribe “La última inocencia”. Se lo dedica a su psicoanalista, de quien estaba perdidamente enamorada

 

Se convirtió en todo lo que su familia tradicional polaca no esperaba de ella. Era una mujer de un humor fuerte y chistes ácidos, pelo corto, vestir masculino y vida sexual desaforada.

 

“Ella era distinta, era una visionaria. Su humor tenía cantidad de matices y hacía cosas preciosas cuando conversaba. Tenía una mirada muy rara, ojos de un color perturbador, violáceo; andrógina, parecía un niño de catorce años, un poco cabezona y chiquita de hombros”, la describe Ivonne Bourdelois, una amiga. 

Alejandra Pizarnik fumando. | Fuente: Ministerio de cultura

En 1960 se va a París. Su vida allí está marcada por el enriquecimiento personal pero, también, por la autodestrucción. “Pasó hambre y se deprimió, pero también escribió, trabajó como traductora, publicó en revistas literarias, tomó clases en la Sorbona, y se relacionó con escritores franceses y latinoamericanos”, escribe Felipe Pigna.  Julio Cortázar, Simone de Beauvoir, Octavio Paz y Marguerite Duras, son algunos de los grandes artistas y pensadores con los que se codeó en esos años. 

 

Pero a medida que crecía su arte, también lo hacían el odio y el dolor. 

 

"En el fondo yo odio la poesía. Es, para mí, una condena a la abstracción. Y además me recuerda esa condena. Y además me recuerda que no puedo 'hincar el diente' en lo concreto. Si pudiera hacer orden en mis papeles algo se salvaría. Y en mis lecturas y en mis miserables escritos", confiesa Alejandra en uno de sus diarios, en 1965. 

Pasada su estadía en París, se instaló nuevamente en Argentina e inició la montaña rusa. Vive en Buenos Aires, se va a Nueva York, vuelve a París y luego regresa a su tierra natal, en donde muere en 1972. 

 

En el medio de viajes e internaciones psiquiátricas, publica más obras y mantiene más relaciones amorosas, eróticas, dolorosas. 

 

Portada de una publicación de Alejandra Pizarnik. | Fuente: Ministerio de cultura

Sexualidad indefinida y masoquismo

 

La homosexualidad y el gusto por el erotismo violento marcan los vínculos sexo-afectivos de Alejandra Pizarnik.

 

A pesar de haber sido censurados por la familia, quienes llegaron a eliminar años enteros, los diarios que escribió durante su vida confirman sus tendencias sexuales. Junto a fragmentos recuperados y a sus intercambios epistolares, se pudo conocer más sobre su vida privada.

 

   
“Hoy llegué a un pobre orgasmo después de imaginar mucho tiempo que los nazis me apuntaban y me entregaban a un militar tenebroso y muy temido, que me castigaba mientras fornicaba conmigo... De todos modos lo esencial es esto: me excita que me castiguen”, dice un fragmento recuperado por Patricia Venti, académica venezolana, quien escribió sobre la vida de Pizarnik. 

Su amor lésbica más ardoroso, el cual no se sabe si fue correspondido, fue con la escritora argentina Silvina Ocampo. De clase alta y muy reservada en su vida privada, nunca se confirmó que le gustaran las mujeres. Ocampo quedó opacada en vida por su hermana Victoria, por su marido, Bióy Cásares, y por su amigo cercano, Borges. Esto llevó a que la desestimaran como artista y persona por mucho tiempo. 

 

Silvina Ocampo, retrato de joven. | Fuente: Wikimedia Commons

Pero, es sabido que Pizarnik estaba perdidamente enamorada de ella. Sus cartas expresan con ternura y con ardor, un deseo sexual romántico extremadamente carnal. 

 

“Oh Sylvette, si estuvieras. Claro es que te besaría una mano y lloraría, pero sos mi paraíso perdido. Vuelto a encontrar y perdido. Al carajo los greco-romanos. Yo adoro tu cara. Y tus piernas y tus manos que llevan a la casa del recuerdo-sueños, urdida en un más allá del pasado verdadero”, le escribió poco antes de suicidarse. 

Nunca se encontraron las respuestas de Silvina Ocampo

 

De todos modos, Alejandra Pizarnik no se identificaba como lesbiana. Tal vez porque le gustaban tanto los hombres como las mujeres. Otra teoría, fundamentada por sus escritos, establece que era por vergüenza. 

 

“Pero pasa que me asusta la palabra ‘homosexual’. Prejuicios viejos en mi vida joven”, expresó en un diario en 1960. 

Ya sea por su odio a su sexualidad, a su aspecto físico, a su arte o a todo, Alejandra Pizarnik encontró un trágico final. 

 

Muerte

 

Entró y salió del Hospital Pirovano muchas veces. Tantas como las que intentó suicidarse. 

 

Pero, tras recibir el permiso para salir del hospital psiquiátrico, consiguió lo que quería. Luego de tomar  cincuenta pastillas de secobarbital, murió sola en su departamento de Montevideo a los 36 años el 25 de septiembre de 1972.

 

En su pizarrón de trabajo había escrito: “No quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo”